Literatura infantil: Duerme, niño, duerme

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Por Andrea Uribe, @maillenca

Hora de ir a dormir. Hora de apagar la luz. Se hace la oscuridad y, con ella, en algunos niños aparecen el miedo y la angustia. De ahí, quizás, nuestra tradición de arrullar a los más pequeños con el poder de la palabra y la necesidad de crear historias que acompañen el tránsito al país de los sueños. Duerme, niño, duerme es una de esas historias.

Lo primero que destaca es su escritura en rima, una técnica “pasada de moda” (lo que es lamentable por su impacto en el desarrollo de la conciencia fonológica, clave en el aprendizaje de la lectoescritura) pero cuyo aspecto lúdico encanta a quienes están descubriendo el lenguaje. En una segunda lectura emocionan las ilustraciones: el mar, la vegetación, el viento… Paisajes del sur de Chile, reales u oníricos, que se despliegan en un delicado juego entre la luz y las sombras; entre azules, para la noche, y amarillos, para José —el protagonista— y sus temores. Escritura, ilustración, diseño y edición al servicio de una historia cuyo valor se refleja en los premios recibidos y las traducciones logradas.

¿Cuál es el miedo de José? Le asustan la lluvia, el viento, la noche y sus fantasmas. Su madre le habla del padre, de la hermana, de la tía, de los abuelos; presencias —reales o espectrales— que lo consuelan. Sin embargo, cada consuelo da paso a un nuevo temor: que las velas se apaguen, que el arco del violín se rompa y su música se extinga, que los pájaros se encierren en jaulas, que la manta se vuele y que la leche se derrame por el suelo… En definitiva, que estos seres u objetos no cumplan la función para la que fueron creados: alumbrar, sonar, volar, abrigar, alimentar.

Me vuelvo a preguntar: ¿cuál es el miedo de José? ¿Cuáles son los miedos y angustias de nuestros niños? ¿De dónde vienen? ¿Qué podemos hacer con ellos? Miedos y angustias que están ahí, que no se irán y, si lo hacen, serán reemplazados por otros nuevos. Para enfrentarlos, la madre de José recurre al poder de las palabras, que acompañan, que acarician, que animan; por ello, ante el malestar le ofrece la lectura: “que mientras afuera sopla el viento, yo te leeré este cuento”, le dice.

Finalmente, ¿por qué nos importa tanto que nuestros niños lean? No me refiero a las políticas ministeriales de fomento lector, sino a por qué nosotros, los lectores, anhelamos transmitir a otros nuestra pasión. Mi respuesta personal es: para que los niños como José cuenten con un refugio que los proteja de permanecer a la intemperie.

En la última imagen que tenemos de José, duerme profundamente envuelto en un aura de luz. Bajo su cama, sus libros también descansan. La madre ha logrado calmarlo y, de paso, le ha enseñado cómo hacerlo. Las autoras, por su parte, han creado un hermoso homenaje a los libros.

Duerme, niño, duerme
Escrito por Laura Herrera e ilustrado por July Macuada
Ediciones Ekaré, 2014
$ 8.000 aprox.