Literatura infantil: Mi lista de envidias

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Por Andrea Uribe, @maillenca

Dos aspectos de Mi lista de envidias me parecen maravillosos: la traducción de sentimientos a sensaciones —incluso dolores— corporales y la descripción de una amistad perfecta en su imperfección.

¿Cómo se siente la envidia? ¿Dónde? La protagonista de esta historia la sitúa en la guata, en las piernas, en el rostro, en las amígdalas. La narración usa el ritmo y las pausas de tal manera que es imposible que el lector no reviva sus propios momentos de envidia, sus propios calambres, sus propios enrojecimientos. Sí, las emociones —el miedo, la angustia, la felicidad— se encarnan, y los niños las descifran cuando nos dicen “me dolió la güatita”, “tengo calor”… ¿Por qué los adultos dejamos de hacerlo? ¿Acaso dejamos de envidiar?

Para los niños, al menos para aquellos que “se portan bien”, la envidia está vetada, como lo están también la rabia y el rencor. Sin embargo, ella se cuela en la relación que la protagonista establece con Cami, su mejor amiga. La envuelve y se toma su mente, tal como termina por tomarse toda la página. Hasta se convierte en su casa, una casa grande y silenciosa; por ello, en su lista de envidias encontramos lo que podemos entender como cariño, cuidado y compañía. Sale del encierro cuando se decide a hablar con Cami, para descubrir que ¡la envidia es mutua! Y ahí las vemos, abrazadas, contentas, dueñas de dos corazones envidiosos unidos por hilos que se tejen desordenados, desequilibrados, con errores, tal como somos las personas, tal como son las relaciones que creamos.

Es esta una obra que nos deja muchas enseñanzas y más preguntas que respuestas (por ello es tan educativa y tan poco moralizante). Ocurre que incluso de aquello que rayamos para que desaparezca, pueden nacer flores; ocurre que nuestros niños están creciendo en un sistema exitista que aplasta sus flores; ocurre que la obsesión perfeccionista puede llevarlos a considerar que sus flores no son lo suficientemente altas o coloridas, que no sirven; ocurre que un adulto tiene el poder de mostrar a un niño, un sentimiento nuevo; ocurre que con una amiga podemos hablar hasta de lo que nos envidiamos.

Una cuidada edición (que vemos en su página de créditos, en el colofón, en su tipografía, en la costura) complementa esta gran historia, cuarto título de una editorial que, esperamos, tenga una larga vida.

Mi lista de envidias
Escrito por Irene Bostelmann e ilustrado por Catalina Silva Guzmán
Gata Gorda Ediciones, 2014
$12.000 aprox